La historia de los 3 cerditos
Extraido
de Sombras y Cizallas
Llevaba varias horas viajando con una buena amiga en
un coche alquilado. Ella hacía unos meses que
se había hecho vegana y parecía tener
las ideas claras y ganas de hacer que las cosas cambiasen.
Desde hacía un tiempo estaba insinuándome
que quería dar un paso más y hacer uso
también de estrategias ilegales. En esos momentos
estábamos debatiendo el tema y yo le comentaba
que creía que no aportaba mucho uniéndose
a un grupo ya formado (el mío) sino que sería
más positivo el que ella se organizara con sus
compañeros en la región de la que procedían
y prepararan cosas por su cuenta. Ella me comentaba
que no estaban preparados, le advertí de que
todos somos capaces de hacer cosas que jamás
nos hubiésemos imaginado. Además, siempre
que necesitasen ayuda la tendrían.
Para empezar a coger confianza en
si mismos podrían comenzar por algo fácil
pero bonito, sabía que tenían sitio para
dejar gallinas y a los dos nos pareció un buen
inicio. Le expliqué que si se tomaban tiempo
y lo preparaban bien, en cuestión de dos días
lo podrían hacer sin problemas. Me respondió
que no sabía donde había una granja de
gallinas. Le dije que podría mirarlo en listines
telefónicos o sencillamente si veía una
granja en la que pensase que podía haber gallinas
dentro sería fácil descubrirlo merodeando
por los alrededores y buscando carteles del nombre de
la empresa, sacos de comida, jaulas viejas o cualquier
otra pista. En aquel momento vimos a lo lejos una granja
formada por varias naves. Y le sugerí hacer una
prueba, en principio, con nuestros conocimientos no
podíamos saber qué animales estaban enjaulados
ahí. Pero nos desplazaríamos al entorno
para descubrirlo.
Hasta la granja tan sólo llegaba
un camino estrecho de tierra que no daba a ningún
otro sitio y que la rodeaba. Vimos la silueta del granjero
que se metía a una de las naves y un perro pastor
alemán que estaba encadenado y que imaginamos
que soltarían por la noche.
Escondimos el coche en el camino que
rodeaba la granja detrás de la última
nave. Bajamos del coche y nos acercamos a la valla metálica
exterior. Por el olor se podía sospechar que
no eran gallinas lo que había dentro sino cerdos,
pero aun así yo quería enseñarle
las cosas de las que se tendría que preocupar
para preparar una acción. Le expliqué
que se tenía que fijar en detalles como: dónde
aparcaría el coche, por donde entrarían...
y que había que conocer muy bien el recinto,
especialmente si la acción la iba a hacer con
gente que no lo había visto previamente y les
tenía que describir como era todo.
Todas las naves tenían una
puerta delantera y una especie de trampilla atrás
–en la que cabía un animal del tamaño
de un perro grande- que conducía a un pasillo
muy estrecho -cercado por una valla metálica-
que desembocaba fuera del perímetro al abrir
otra puertecilla de la valla exterior. Enseguida comprendí
que era la vía que utilizaban para conducir a
los animales al camión.
Le comenté a mi compañera
que esa parecía una buena vía de entrada
y le sugerí que entrase ella, que si pasaba algo
saliese corriendo y que yo iba a estar por fuera del
perímetro a escasos 10 metros, si necesitaba
ayuda entraría enseguida. Ella no se atrevió
a entrar, decía que era una locura porque podía
entrar el granjero y descubrirla dentro de la nave,
incluso podría estar ya dentro de la nave. En
cierto modo tenía razón, pero yo creí
que era un pequeño riesgo y que incluso si nos
veía el granjero le podíamos contar alguna
historia como que estábamos buscando a alguien
que nos indicase cómo ir a algún pueblo
cercano. Así que abrí la pequeña
puerta que había en la valla exterior y avancé
agachado los ocho metros que la separaban de la otra
pequeña puertecilla que había en la parte
trasera de la nave. Me cubrí la mano con la manga
de la sudadera para no dejar huellas y comprobé
si podía acceder a la nave desde ahí;
la trampilla se abrió y al ver que no había
nadie entré yo.
Los cerdos empezaron a moverse nerviosos
y enseguida una inmensa nube de moscas se me echó
encima. Había cucarachas por todas partes. Saqué
la cámara y empecé a hacer fotos. Ya me
había hecho una idea de cómo era por dentro
y por donde entrar. Salí de ahí enseguida.
Le conté a mi amiga lo que había visto
y se animó a entrar ella también.
Yo le dije que tenía curiosidad
por saber lo que había en otras naves, que como
era muy fácil entrar lo podríamos hacer
rápidamente, así que disimuladamente nos
acercamos a otra nave y me colé por las dos puertas
traseras. Esta vez lo que ví fue muy diferente.
La nave estaba vacía y se veía que había
sido construida recientemente. Era una nave inmensa,
alargada y estrecha, con un pasillo en medio. A cada
lado había unas estructuras metálicas
con máquinas adosadas que parecían bastante
caras. Comprendí que se trataba de las estructuras
que utilizaban para inmovilizar a las madres que habían
parido hacía poco para que sus crías pudiesen
acceder a las tetas cuando les apeteciese y así
que engordasen lo antes posible. Hice dos o tres fotos
y me marché de ahí.
Aunque en un principio esta visita
se trataba de una especie de ensayo a los dos se nos
quedó una espinita clavada y quisimos regresar.
Pocas semanas después ahí
estábamos los dos de nuevo. Esta vez de noche,
con los rostros cubiertos y con guantes. Además
íbamos armados con un mazo, unas cizallas, una
barra de acero y un bote de spray. Nuestro objetivo
estaba claro, queríamos destrozar toda la maquinaria
que tenían preparada para las madres antes de
que comenzasen a emplearla.
Nos colamos por la puertecilla exterior
y nos acercamos a la pequeña puerta trasera de
la nave. Estaba cerrada. ¡Joder; no habíamos
contado con eso! Nos pusimos muy nerviosos porque no
queríamos permanecer ahí. Había
farolas que nos alumbraban y podíamos ser descubiertos.
Mi compañera dijo de marcharnos y la verdad es
que yo me lo planteé, pero me parecía
imposible que no pudiésemos entrar. Si Lupen
III se colaba en los bancos más seguros del mundo
¿no íbamos a ser capaces de entrar en
una granja de cerdos?
Fui nave por nave intentando entrar
y todas ellas tenían la trampilla trasera cerrada.
Llegamos a la última, al lado de donde estaba
escondido el coche. En el lateral, a unos 2,5 metros
del suelo había unos extractores y las hélices
estaban funcionando a toda velocidad. Yo me quedé
mirándolos y cuando giré la cabeza hacia
mi compañera lo único que veía
de su cara, los ojos, me estaban echando una mirada
de desaprobación y a continuación me dijo
¿estás loco? No estaba seguro de que fuese
a encontrar un modo de entrar, pero sabía que
si no lo intentaba estaba garantizado que nos quedaríamos
fuera, con una gran decepción y sin haber logrado
nada por los cerdos que había ahí dentro,
a solo unos metros.
Debajo de uno de los extractores había
unos bloques de cemento en los que me podía apoyar
pero sólo pensar en cómo detener esas
enormes hélices de acero me aterrorizaba. El
extractor contiguo no funcionaba pero no tenía
bloques de cemento debajo por lo que era más
difícil acceder a él.
Cogimos entre los dos una piedra grande
y haciendo equilibrios metí entre las hélices
las cizallas y empecé a romper los barrotes que
soportaban las hélices. Era algo un poco complejo,
porque el extractor estaba rodeado por una especie de
mampara. Los barrotes estaban detrás de las hélices
escondidos y además la hélice giraba al
más mínimo roce. Finalmente las hélices
quedaron sujetas por el cable de electricidad, el cual
tampoco era fácil de cortar por estar escondido.
Consideré que el peligro no era muy alto; ese
extractor parecía estar apagado, llevaba guantes
y el mango de las cizallas estaba plastificado, por
lo que incluso si hubiese habido corriente eléctrica
era casi imposible que me electrocutase. Por si acaso
coloqué una sudadera en el mango de las cizallas
en el momento de cortar el cable. Lo que pasó
a continuación nos sorprendió a los dos.
No sólo se soltó la hélice entera
sino que se detuvo el extractor contiguo, el que tenía
los bloques de cemento debajo. En pocos minutos habíamos
extraído también esa hélice. Y
estábamos frente a una vía de acceso,
aunque no del todo buena por su estrechez. Pero había
una placa metálica en medio colocada horizontalmente
que se giraba abriendo y cerrando el agujero. Era mucho
peor para escapar de ahí en caso de que tuviésemos
que huir y una vez dentro sería una vía
de salida pésima por estar muy alta.
Le dije a mi compañera si quería
entrar ella primero y dijo que ella no iba a entrar
ni antes ni después. A mi me fastidió
porque sabía que a ella le hervía la sangre
por entrar, pero estaba asustada. Empecé a meterme
por la mampara y cupe enseguida. Al mirar lo que había
al otro lado me quedé estupefacto. Había
unos cinco corrales llenos de lechones. En cada corral
habría unos treinta cerditos por lo menos que
corrían despavoridos al verme descender por el
extractor de aire.
Estaba bastante nervioso y quería
salir de ahí lo antes posible, me daba miedo
haberme quedado encerrado y no poder salir por donde
había entrado, pero también estaba lleno
de rabia al ver un montón de cachorros que habían
sido separados de sus madres y que estaban todo el día
y toda la noche con las luces encendidas para que engordasen
más, sin tener en cuenta el estrés que
eso suponía para cualquier animal.
En cada corral había al menos
un cerdito muerto, en el que tenía más
cerca había un cerdo muerto y otro agonizando.
Otra de las razones por las que quería salir
pronto era que cuando me movía, corrían
todos en bandada y pisoteaban al cerdito moribundo.
No estaba en la nave a la que habíamos planeado
acceder así que no tenía muy claro qué
hacer. Empecé a buscar cosas de valor que romper,
pero no ví nada. Saqué mi bote de spray
y plasmé los pensamientos que se me vinieron
a la cabeza.
Estaba un poco más tranquilo
y animé a mi compañera a que bajase también;
ella estaba nerviosa y miraba y fotografiaba todo lo
que pasaba. No quiso bajar porque decía que no
hacía falta, era cierto, pero yo sabía
que ella quería estar abajo, dentro de la nave,
y hubiese sido bueno que en ese momento se hubiese enfrentado
a sus miedos. Al fin y al cabo el miedo es algo que
todos los que alguna vez hemos estado implicados en
este tipo de actividades hemos vivido muy intensamente,
pero no podemos permitir que nos impida lograr nuestros
objetivos.
Después de dejar mensajes muy
explícitos por toda la nave pensé qué
era lo que no le gustaría al granjero encontrarse
cuando entrase la mañana siguiente. Imaginé
que los cerdos estaban separados por alguna razón
y rompí todo el cerco de los corrales haciendo
que se mezclasen los unos con los otros. Al cerdo que
estaba agonizando lo separé en un pasillo para
que muriese tranquilo. Oí una voz que me decía
de irnos ya, miré atrás y ví esos
cerdillos que tendría que dejar. Sin pensar lo
que hacía conseguí atrapar a uno y se
lo pasé a mi compañera a través
del canal del extractor. Ella me miraba diciéndome
¿estás loco; qué demonios hacemos
con este cerdo? Le dije que no teníamos ningún
buen sitio donde dejarlo, pero que el cerdo ya estaba
en el peor sitio en el que podía estar, así
que si había algún cambio sería
a mejor. El cerdito chillaba histérico. Mi compañera
lo sujetó firmemente mientras yo me disponía
a salir diciéndoles algunas palabras de cariño.
Pero luego pensé, ¿por qué no saco
a otro más? Y al final acabamos entrando en el
coche con tres cerditos que chillaban aterrorizados.
Nada más entrar al coche se
quedaron dormidos en una manta que les habíamos
preparado y en esos momentos los dos nos emocionamos.
A mí casi se me salta la lágrima, y pensé
que sólo por ver esa imagen –tres cerditos
dormidos plácidamente sobre una manta con total
tranquilidad y sin una luz alumbrándoles en la
cara- y por la sensación increíble que
me producía merecía la pena pasar una
temporadita en la cárcel. Era maravilloso.
Los cerdos terminaron en la finca
de unos hippys que vivían en los alrededores
en una especie de comuna, no era gente de la que nos
fiásemos porque a pesar de ser vegetarianos tenían
una visión del resto de especies animales algo
especista. No nos gustaba que se ocupasen de los cerdos
gente que hablaba de un perro diciendo que “servía
para vigilar” o “para hacernos compañía”;
y las gallinas eran una especie de máquinas que
les daban “comida”. Pero no teníamos
otra opción así los dejamos en su finca
y nos fuimos tras decirles adiós.
Este no ha sido el relato de una gran
acción perfectamente planeada por profesionales,
sino la historia de dos personas que pese a sus limitados
medios, sus inseguridades y sus miedos hicieron lo que
pudieron por avanzar en una lucha que era la suya.
No fue todo perfecto ni ajustado a
los planes, pero casi nunca lo es. Lo importante es
lanzarse hacia tu objetivo sin esperar que todo el camino
sea liso, sino contando con que habrá muchos
obstáculos que tendrás que ir salvando
uno tras otro sin titubear. Por último quiero
señalar que poco tiempo después de que
esto sucediese unas cuantas gallinas encontraron un
nuevo hogar en el que hoy siguen viviendo felices y
en toda la libertad que un animal domestico puede tener.
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